Aunque ya hubo ocasión de tratar con las polillas y, en vista que parecen emigrar por su cuenta con el frío del otoño, igual quedaron bolitas de reserva, aunque no sé si sirvan de mucho esta vez.
Con esto de que las cañas después de cada noche de rumba se me extienden por períodos más y más prolongados, convirtiendo aquello de "los años no pasan en vano" en el slogan de mi autobiografía, ha habido que limitar la ingesta de destilados. Y dado que sin una gota de alcohol, mi reprimida y represiva persona es absolutamente incapaz de ahondar en los muchos niveles de la bohemia, menear el body sin pudor, ni mucho menos aventurarme en alguna instancia con resultado romántico o sexual...llevo hartos fines de semana con el trasero bien instalado frente a la pantalla del pc o la tele, en su defecto. Demás está decir que el pobrecito ha crecido a lo ancho sin restricción alguna, para mi revelador descubrimiento de que el ponceo y el perreo son, o eran, mi único ejercicio.
En fin. Las polillas se habían ido, y eso me tenía aliviada, aunque el olor a naftalina y yo hayamos establecido un concubinato permanente. Pero hace unos días, confiada yo de que se trataba de una ilusión óptica en el rango de mi punto ciego, volteé la cabeza hacia un costado ante lo que resultó ser una sonriente y asquerosa cucaracha trepando por mi rosada pared. Si, sonriente...estoy convencida de que estos bichos se cagan de la risa de mi histérica e insectofóbica persona.
"Una no es ninguna" - me dije, aplicando aquel mantra que utilizo para los ramos reprobados por semestre y la necesaria tranquilidad de conciencia pero, obviamente, a la "ninguna" le han seguido sus amigas que me han sorprendido observándome desde el lavamanos, los estantes de la cocina y otros rincones. Así es que ahora, con miedo a encender un pucho por todo el Raid esparcido por los aires del depa, y dispuesta a plastificar todos los utensilios de cocina a primera hora de la mañana, me hago la consecuente pregunta: Si mi dichosa Wendy interior fue la que atrajo a las polillas que tanto me costó erradicar ¿a qué vienen ahora estas otras alimañanas? ¿o sea que si Wendy se estaba apolillando, ahora está derechamente muerta y pudriéndose en algún rincón de mi subconciente? No sé, en realidad, si éstas son las consecuencias de ser una mina con demasiado complejo de culpa, o de un serio trastorno de personalidades. Pero por ahora, ruego a los lectores algún sabio dato o consejo para espantar a estas psicosomáticas y mugrosas mascotas que están anidando en mi añejo Nunca Jamás. Ya probé las hojitas de quillay y de laurel, los litros de Raid y sus símiles que se encuentran en los super, e incluso los dientes de ajo en lugares estratégicos, aniquilando así incluso mi jovial fantasía de que algún vampiro llegase a morderme el cuellito. Si alguien conoce a algún fumigador que no sea chanta, tantísimo mejor!







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